ENREDADORD
por Juan Pujols
No cabe duda de que la humanidad ha alcanzado grandes avances científicos y tecnológicos, los cuales han transformado la forma de vida y prolongado la existencia del ser humano. Sin embargo, también es cierto que hemos entrado en una etapa deshumanizante.
El uso inadecuado de la tecnología ha cambiado la relación entre las personas, reemplazando al sujeto por el objeto, relegando lo humano a un segundo plano. Vivimos hiperconectados con el mundo exterior, pero paradójicamente cada vez más desconectados de nuestras familias. Estamos a un clic de todo, pero a kilómetros del verdadero diálogo.
Bien decía Albert Einstein: “Cuando la tecnología sobrepase nuestra humanidad, tendremos un mundo de idiotas.”
Y tal parece que esa profecía comienza a cumplirse.
El hábitat natural está siendo destruido. Y sin un ambiente sano, ningún avance ni riqueza podrán sostener la vida. Sin agua ni vegetación, el equilibrio del ecosistema se pierde, y con él, la posibilidad de una existencia digna.
La tecnología, aunque útil, nos ha llevado a un estado de dependencia disfrazado de confort. Este confort nos hace sedentarios, nos aleja de la comida sana y nos convierte en consumidores pasivos, atrapados en la inmediatez del “delivery” y el consumo fácil. Vivimos más años, sí, pero con más enfermedades y menos vitalidad. La vida se prolonga, pero se llena de artificios y pastillas, mientras unos pocos se enriquecen promoviendo un hiperconsumo irracional que destruye tanto al ser humano como al planeta.
Como advirtió Ortega y Gasset, hemos caído en la hipertrofia de la técnica, creyendo que la ciencia puede resolverlo todo. Sin embargo, el conocimiento sin conciencia nos conduce al abismo.
Hoy, en pleno siglo XXI, asistimos a un mundo convulso, lleno de guerras, violencia y desamor. La diplomacia cede terreno ante la fuerza, y la violencia se normaliza tanto en los hogares como en las calles. Nos preguntamos entonces: ¿estamos evolucionando o involucionando?
Vivimos, como diría Darian Vargas, “en la era de la ignorancia, donde hay mucha información pero poco conocimiento, y seguimos ídolos de barro.”
Ante esta realidad surge una pregunta urgente:
¿Qué debemos hacer para vivir en un mundo en equilibrio, donde cuidemos el planeta y la humanidad sin renunciar a los avances científicos y tecnológicos?
La respuesta comienza por aprender a convivir con la producción responsable, respetando los límites del ecosistema. Debemos volver a ser verdaderamente “humanos”: valorar la vida, a nuestros semejantes y a la naturaleza. Sin planeta no hay vida, y sin vida no hay futuro.
Es necesario que quienes poseen mayores recursos contribuyan a reforestar, limpiar ríos, restaurar la biodiversidad y reducir el calentamiento global. Debemos dejar a las futuras generaciones un mundo más humano, solidario y justo.
Un mundo donde reinen el amor, la paz, la unidad y los valores familiares. Donde la felicidad no sea un lujo, sino un derecho. Donde los poemas y las canciones sean nuestras armas para construir esperanza. Porque quien escribe un poema o canta al amor, jamás empuñará un arma para destruir.
Que nuestras plumas sirvan para escribirle a la vida y para inundar el alma del mundo con paz, arte y amor.
— Juan Pujols, Formación Integral RD






