Santo Domingo.- El día en que Jesús celebró la Última Cena (la Pascua judía) junto a sus doce discípulos fue un momento cargado de emociones intensas.

Aun sabiendo lo que le esperaba, decidió quedarse y cumplir, compartiendo por última vez con los suyos.

Ya estaba en marcha el plan iniciado el día anterior con la traición de Judas y las autoridades estaban listas para actuar contra él; solo esperaban el momento indicado.

El Mesías vivía la antesala directa del arresto que se produciría apenas unas horas después de su último e íntimo encuentro con su gente más cercana.

La Última Cena (cf. Mateo 26, 17-29)

Ese momento marcó la institución de la Eucaristía (la santa Misa), pues la Iglesia católica fundamenta parte de su práctica litúrgica en ella.

La Biblia narra que el primer día de la fiesta de los panes sin levadura, se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: “¿Dónde quieres que hagamos los preparativos para que comas la Pascua?”.

Entonces él les respondió: «Vayan a la ciudad, a cierto hombre, y díganle: ‘El Maestro dice: «Mi tiempo está cerca; quiero celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.’”

Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua, una tradición judía.

Anuncio de la traición dentro del grupo

Al atardecer, estaba Jesús sentado a la mesa con los doce discípulos. Mientras comían, dijo: “En verdad les digo que uno de ustedes me entregará”.

Ellos, profundamente entristecidos, comenzaron a decir uno por uno:

“¿Acaso soy yo, Señor?” y él les respondió: “El que metió la mano al mismo tiempo que yo en el plato, ése me entregará”.

“El Hijo del Hombre se va, según está escrito de él; pero ¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido”. Con esto advertía lo que le esperaba al traidor.

Judas, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Acaso soy yo, Rabí (Maestro)?” y Jesús le dijo: «Tú lo has dicho”.

Aquello era un ambiente de tensión mezclado con una profunda intimidad.

A continuación, mientras comían, Jesús tomó el pan, y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: “Tomen, coman; esto es mi cuerpo”.

Al atardecer, estaba Jesús sentado a la mesa con los doce discípulos.
Al atardecer, estaba Jesús sentado a la mesa con los doce discípulos.

Luego, tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: “Beban todos de ella; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados”.

Y les hizo una observación final: “Les digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba de nuevo con ustedes en el reino de mi Padre”.

Con esa afirmación, Jesús se refería claramente a la resurrección.

El lavatorio de los pies (cf. Juan 13, 1-17)

Una de las principales características de Jesús era su humildad y su vocación de servicio, y así se lo enseñaba a sus discípulos.

Las escrituras dicen que Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que de Dios había salido y a Dios volvía, se levantó de la cena y se quitó el manto, y tomando una toalla, se la ciñó.

Luego echó agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía ceñida.

Jesús le hizo una aclaración: “El que se ha bañado no necesita lavarse, excepto los pies».

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿Tú me vas a lavar a mí los pies?”.

Jesús le respondió: “Ahora tú no comprendes lo que yo hago, pero lo entenderás después”.

Pedro estaba negado: “¡Jamás me lavarás los pies!”.

Entonces le dijo Jesús: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo”, a lo que Simón Pedro le contestó: «Señor, entonces no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”.

Pero Jesús le hizo una aclaración: “El que se ha bañado no necesita lavarse, excepto los pies, pues está todo limpio; y ustedes están limpios, pero no todos”, y dijo esto porque sabía quién lo iba a entregar.

Tras esa escena, el nazareno les dio una enseñanza sobre por qué les había lavado los pies.

“En verdad les digo, que un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió. Si saben esto, serán felices si lo practican”.

El mensaje de Jesús era claro: el liderazgo se ejerce desde el servicio.

Anuncio de la negación de Pedro (cf. Mateo 26, 31-35)

Otro golpe emocional para Jesús fue la negación de Pedro. Mientras uno de su gente más cercana lo traicionó, otro lo negó, lo que también representa una forma de traición.

Siguiendo con su charla durante la cena, Jesús les dijo: “Esta noche todos ustedes se apartarán por causa de mí, pues escrito está: ‘Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño se dispersarán’”.

En medio de eso, Jesús le dio un dato muy importante que quizá pasaron por alto: «Después de que yo haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea”. Les habló de la resurrección: sin importar lo que pasara con él, volverá a estar con ellos.

Fue entonces cuando Pedro le respondió: “Aunque todos se aparten por causa de ti, yo nunca me apartaré”.

Pero Jesús le dijo: “En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces”. Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir junto a ti, jamás te negaré” y todos los discípulos dijeron también lo mismo.

La oración en Getsemaní (cf. Mateo 26, 36-46)

Jesús tenía conocimiento de lo que iba a ocurrir en su contra y de lo que Judas iba a hacer; según la fe cristiana, no solo era hombre, sino también Dios. Sin embargo, no huyó ni se escondió, sino que se mantuvo firme en su misión.

Ese fue uno de los momentos más difíciles que vivió Jesús, donde sintió la soledad y la tentación de soltarlo todo; incluso pidió a Dios que, si era su voluntad, lo librara de lo que le esperaba, pero no desmayó y, aun así, se sometió a la voluntad del Padre.

Entonces les dijo: “Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte; quédense aquí y velen junto a mí”.

Adelantándose un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras”.

Entonces vino Jesús a los discípulos y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: “¿Conque no pudieron velar una hora junto a mí?  Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” y repitió esa acción tres veces.

Arresto de Jesús (cf. Mateo 26, 47-56)

Mientras Jesús estaba todavía hablando, Judas Iscariote llegó acompañado de una gran multitud con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo.

Mientras Jesús estaba todavía hablando, Judas Iscariote llegó acompañado de una gran multitud con espadas y palos.
Mientras Jesús estaba todavía hablando, Judas Iscariote llegó acompañado de una gran multitud con espadas y palos.

El que lo entregaba les había dado una señal, diciendo: “Al que yo bese, él es; lo pueden prender”, y enseguida se acercó a Jesús y dijo: «¡Salve, Rabí!» Y lo besó.

Entonces le dijo Jesús: “Amigo, haz lo que viniste a hacer”, y ellos se acercaron, le echaron mano y lo arrestaron.

Tras eso, uno de los discípulos de Jesús sacó su espada e hiriendo al siervo del sumo sacerdote, le cortó una oreja.

Jesús le dijo: “Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que tomen la espada, a espada perecerán”.

E hizo esta observación: “¿O piensas que no puedo rogar a mi Padre, y él pondría a mi disposición ahora mismo más de doce legiones de ángeles? «Pero, ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que así debe suceder?”.

En aquel momento Jesús dijo a la muchedumbre: “¿Cómo contra un ladrón han salido ustedes con espadas y palos para arrestarme?”

Cada día me sentaba en el templo para enseñar, y no me prendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan las Escrituras de los profetas”.

Luego de eso, todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Ahí comenzó el tramo final de su camino. Jesús no se resistió a nada y con eso se concretó la traición.

Soledad en momentos decisivos

El caso de Jesús es un ejemplo palpable de lo que se puede vivir cuando te dejan solo.

Cuando se presentan las fallas humanas -traición, negación, abandono- es preciso mantener los principios en medio de la presión, tal como hizo: aun sabiendo lo que le esperaba, no dejó de servir.

Aquella velada con sus discípulos no fue solo una cena, fue una despedida.

Lo de Judas Iscariote no fue solo una traición, fue la entrega total. Ese día selló el camino hacia la cruz.

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