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El transporte es una de las vías de comunicación más importantes para que las personas puedan llegar a sus destinos de manera rápida y eficiente, optimizando así el uso del tiempo y garantizando el valor de la hora-hombre. Sin embargo, en Santo Domingo el crecimiento desorganizado del tránsito y del parque vehicular ha convertido la movilidad en uno de los principales problemas de la ciudad.
La historia del transporte colectivo en la capital dominicana tiene varias etapas. En la década de los años 60 surgieron los conocidos carros Austin, que tomaron auge en gran medida porque su principal promotor era representante de la marca y miembro del Triunvirato, el doctor Donald Reid Cabral.
Más adelante, en 1970, el sector privado inició un proceso de colectivización del transporte con la creación de la Compañía de Autobuses Metropolitanos (METRO) en Santo Domingo. Este servicio llegó a ser tan eficiente que muchas personas preferían dejar sus vehículos en casa para trasladarse en autobuses. También existían las rutas A y B, de menor calidad, pero que igualmente contribuían al transporte colectivo.
Posteriormente aparecieron otros sistemas populares de transporte como las “banderitas”, las “garzas blancas” y los “pollitos”. Aunque ofrecían servicio a la población, muchas de estas iniciativas tenían más una visión política y sindical que una verdadera planificación del transporte. Al ser manejadas de manera personalista, fueron desapareciendo con el tiempo y hoy solo quedan en el recuerdo de quienes vivieron esa época.
En 1978 surgieron las guaguas de ONATRATE, otro intento de fortalecer el transporte colectivo. Luego, en 1998, el Estado dio un paso importante con la creación de la Oficina Metropolitana de Servicios de Autobuses (OMSA), implementando corredores específicos para autobuses urbanos, modelo que aún continúa vigente y que ya supera los 27 años de operación.
Otro actor importante fue el sindicato UNACHOSIN, uno de los más duraderos, debido a que además de sus demandas sociales mantenía un fuerte componente político. Sin embargo, también desapareció con el tiempo.
Con el auge de las llamadas “guaguas voladoras” comenzaron a surgir supuestos sindicatos del transporte que hoy se han convertido en grandes empresarios del sector. A pesar de ello, el caos continúa. Las disputas por rutas y corredores han provocado enfrentamientos, puesto en riesgo la vida de los usuarios y causado incluso la muerte de choferes. Muchos gobiernos, de manera irresponsable, entregaron rutas como si las calles tuvieran dueños particulares.
Actualmente, motoconchos, taxis, carros públicos deteriorados, guaguas voladoras y vehículos privados son los principales responsables del transporte urbano. Si a esto se suman los vehículos interurbanos, livianos y pesados, el resultado es un Santo Domingo cada vez más congestionado, difícil de transitar y, en ocasiones, casi invivible.
A pesar de todas estas dificultades, también hay señales de avance. La OMSA, aun con escándalos de corrupción en diferentes momentos, ha permanecido como una alternativa de transporte colectivo. A esto se agregan las líneas del Metro de Santo Domingo y los teleféricos, proyectos que parecen marcar un antes y un después en la movilidad urbana de la capital.
Por esa razón, resulta indispensable continuar fortaleciendo el modelo de transporte colectivo para enfrentar el caos vehicular y descongestionar el tránsito. No obstante, existe una gran dificultad: muchos barrios de Santo Domingo crecieron de manera anárquica, con la complicidad de políticos y autoridades, sin planificación urbana adecuada.
Ante esta realidad, se hace urgente implementar rutas alimentadoras que permitan trasladar a los residentes de los barrios hacia las estaciones de la OMSA, el Metro y los teleféricos. Asimismo, sería necesario construir parqueos en las estaciones del Metro para que los ciudadanos puedan dejar sus vehículos, aunque sea pagando una tarifa mínima, y continuar su trayecto utilizando el transporte masivo.
De igual forma, los vehículos provenientes del interior del país deberían contar con grandes estacionamientos en las afueras de la ciudad, evitando así su entrada al centro de Santo Domingo y reduciendo considerablemente el congestionamiento.
Otro aspecto importante sería retirar a los agentes de tránsito de los semáforos e instalar cámaras que sancionen automáticamente a los conductores y choferes que violen la ley de tránsito.
Finalmente, no se puede ignorar el problema de las construcciones de plazas comerciales, edificios y residenciales sin suficientes áreas de estacionamiento. En muchos casos, las calles se han convertido en parqueos improvisados. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿dónde están las autoridades encargadas de velar por el cumplimiento de las normas urbanas y de tránsito? Parecen ausentes.
No soy experto en transporte, pero trabajé en el tránsito con la compañía de autobuses METRO y también durante los dos primeros años de la fundación de la OMSA. Por experiencia propia sé las dificultades que enfrentan tanto los conductores como los usuarios que diariamente sufren el caos del transporte en Santo Domingo.
Juan Pujols







