ENREDDORD
He visto a los campesinos llorar de ira, mientras la oligarquía y los políticos celebran su mal, inoculándoles el veneno de sus mentiras y haciéndoles promesas como quien engorda al pavo en Nochebuena.
He visto a los campesinos levantarse a las cinco de la mañana, con un machete colgado del cinto, un hacha y un pico sobre los hombros, mientras en sus manos llevan una pequeña calabaza con agua del río para mitigar la sed.
Pasan sus días laborando la tierra bajo un sol ardiente, y al final solo les quedan las manos llenas de callos. En sus rostros se forman surcos, como los surcos de la tierra misma, mientras ven cómo la vida languidece y se va acabando lentamente, como un candil que se apaga.
He visto a las mujeres de mis campos con un babonuco sobre la cabeza, cargando una lata llena de agua; en sus manos llevan calabazas y, a veces, un paquete de leña para encender un fogón sobre tres piedras donde cocinan algunos alimentos.Esas mujeres cargan lo básico para contribuir al sustento del hogar, pero también cargan en su vientre un embarazo de siete y hasta nueve meses. Aun así, cultivan la tierra.
¡Cuánta valentía hay en nuestros campesinos y cuánta indiferencia existe entre quienes dicen gobernarlos! Mientras ellos trabajan bajo el sol, sus explotadores, verdugos y políticos mentirosos celebran, viajan en aviones privados y disfrutan de los privilegios que produce el sacrificio de quienes menos tienen.
Los hijos de los campesinos juegan desnudos, con una barriga que brilla, pero no por estar llena de alimentos, sino por el hambre y las lombrices. Arrastran consigo las mismas cicatrices de sus padres.
Sin escuelas donde educarse y sin servicios de salud, porque no hay suficiente atención para los hijos del campo ni para sus padres. Tanto es así que quien atiende un parto muchas veces es una comadrona; y si alguien recibe un golpe trabajando, enferma o le duele una muela, tiene que arreglárselas como Dios mande.
¿Será que esto ocurre porque mientras más ignorantes y hambrientos se mantenga a los pobres, más fácil resulta engañarlos?
Su luz es la de la luna, una lámpara jumiadora, una linterna o un jacho de cuaba. Duermen como sardinas en latas, todos juntos, porque hasta el espacio y la electricidad son privilegios que muchos campesinos no conocen.
Los que tienen la suerte de lograr una buena cosecha son, muchas veces, quienes menos disfrutan el fruto de su trabajo. Aparece entonces un intermediario, compra a crédito, se lleva la gran tajada y paga miserias por la producción de los campesinos, mientras el consumidor recibe el producto mucho más caro.
¿Será esto justicia o abuso, sin nadie que los defienda?
Ante esta situación, muchos campesinos van abandonando el campo y emigran hacia las ciudades, formando grandes cordones de miseria. Allí, algunos de sus hijos compran un motor a crédito y comienzan a conchar.
Y allí viven otro viacrucis.
Ante la falta de oportunidades, algunos terminan entrando al microtráfico; se forman bandas y aparecen jóvenes que terminan convirtiéndose en delincuentes. No nacieron necesariamente siendo delincuentes: muchas veces fueron producto de un sistema irresponsable que les negó educación, empleo, oportunidades y dignidad.
De ahí surgen también los exponentes de la música urbana, muchos de los cuales retratan la realidad del lugar donde viven. Sus letras pueden reflejar la violencia, el consumo de sustancias prohibidas, la prostitución y otras situaciones que forman parte de determinados sectores marginados.
No podemos ignorar que detrás de algunas de esas expresiones existe una realidad social que las alimenta. Es como si algunos jóvenes les cobraran a la sociedad, a los empresarios y a los gobernantes aquello que les fue negado: oportunidades.
Y mientras tanto, vemos cómo determinadas figuras de la música urbana alcanzan una enorme popularidad, mientras géneros como la música clásica, la romántica y nuestro merengue van perdiendo espacios frente a una realidad cultural que también refleja las desigualdades de nuestra sociedad.
Pero no debemos convertir a los jóvenes marginados en los únicos culpables de una tragedia que tiene raíces mucho más profundas.
Los que deben responder ante la justicia son también quienes, desde el poder, han permitido, promovido o tolerado la desigualdad, la explotación y el abandono de nuestros campos y nuestros barrios.
Los sectores marginados necesitan oportunidades, educación, salud mental, empleo, cultura y dignidad. No solamente castigo.
Viviendo esta triste historia, si no los mata la miseria humana en el campo, a algunos los alcanza la violencia en la marginalidad urbana.
En nombre de esos campesinos y en nombre de quienes viven en la pobreza, exijo justicia.
No hay razón alguna que justifique tanta desigualdad social.
Soy hijo de campesinos. He visto y he vivido mucho de lo que aquí expongo. Escapé de pasar por algunas de las mismas dificultades que vivieron mis ancestros porque encontré manos solidarias que me ayudaron a salir adelante.
Por eso hoy también demando justicia y solidaridad.
No sigamos apostando a la ignorancia, al hambre y a la falta de oportunidades de quienes solo aspiran a vivir una vida con dignidad y decoro.
Que no tiemble el pulso cuando llegue el momento de hacer justicia. Y que quienes hayan utilizado el nombre de Dios para cometer abusos respondan ante la justicia de los hombres y, si creen en Dios, ante la justicia divina.
De noche escucho la voz del silencio.
Es la voz del campesino que muere lentamente, pero que sigue aquí.
Es su voz la que quiero expresar, porque le han robado las oportunidades y hasta el derecho de hacerse escuchar en este y en otros medios.
Yo presto mi voz para que la suya no muera en el silencio.

Juan Pujols RD

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